El autor

Alexis López Brito

Ingeniero y autor de Ingeniería Estoica.

Retrato de Alexis López Brito

Siempre digo que soy ingeniero de ADN.

Me gusta entender cómo funcionan las cosas, analizar los problemas, buscar soluciones y cuidar hasta el más mínimo detalle. Tengo muchos intereses y una curiosidad que me lleva a explorar terrenos muy diferentes. Cuando algo despierta mi entusiasmo, suelo implicarme tanto que me cuesta dejarlo a medias. A veces tanto que lo que iba a ser un proyecto sencillo acaba convirtiéndose en algo bastante más grande de lo previsto. Esta web es un buen ejemplo de ello.

Durante gran parte de mi vida, esa forma de ser ha estado muy ligada a la tecnología, la ingeniería y a todo aquello que podía construir, reparar o mejorar.

Sin embargo, Ingeniería Estoica me ha llevado a descubrir un terreno prácticamente desconocido para mí: el de la escritura, la expresión artística y la posibilidad de transformar pensamientos y experiencias personales en algo que pueda compartir con los demás.

Nunca me había planteado escribir un libro. Mucho menos acompañarlo de imágenes, reflexiones y un proyecto como este.

Pero aquí estoy.

Más allá de mi faceta de ingeniero, siempre he concedido mucha importancia a los valores y a la manera en que nos relacionamos con los demás.

Me gusta observar a las personas, intentar comprender por qué actuamos como lo hacemos y reflexionar sobre cómo ha ido cambiando nuestra sociedad con el paso de los años.

Y tengo que reconocer algo: más de una vez, mantenerme fiel a mis valores me ha traído problemas. Incluso ha habido momentos en los que me he preguntado si no sería más fácil vivir sin darles tanta importancia.

Pero, después de darle muchas vueltas, siempre acabo llegando a la misma conclusión: prefiero afrontar esas dificultades antes que actuar en contra de lo que considero correcto.

Confieso también que, a veces, cuando observo determinadas actitudes o pienso en el rumbo que parece estar tomando el mundo, me cuesta ser optimista respecto al futuro.

Pero hay una idea a la que siempre vuelvo:

Sé que no puedo cambiar el mundo. Por eso intento cambiar mi mundo.

Y mi mundo empieza por mí, por mis decisiones, por cómo trato a quienes me rodean y por las pequeñas cosas que puedo hacer de otra manera.

Creo que sería contradictorio lamentarme de aquello que no me gusta y no intentar mejorar lo que sí está en mis manos. Por eso, aunque no siempre lo consiga y muchas veces necesite reconocer primero mis propios errores, intento hacer las cosas un poquito mejor cada día.

No porque crea que tengo todas las respuestas, ni porque considere que mi manera de entender la vida sea la correcta.

Sino porque estoy convencido de que la mejor manera de contribuir a cambiar un poquito el mundo es empezar por nosotros mismos y enseñar con nuestro propio ejemplo.

Pero este proceso también me llevó a descubrir algo que no esperaba.

Podía ser muy bueno analizando problemas, encontrando soluciones y comprendiendo cómo funcionan las cosas, pero tenía muchas más dificultades para comprender y expresar mis propias emociones y relacionarme con los demás.

Había dedicado tantos años a desarrollar mi faceta de ingeniero que, sin darme cuenta, había descuidado parte de mi faceta más humana.

Descubrí que no todo en la vida se puede resolver utilizando la lógica y que, en las relaciones humanas, comprender lo que sentimos puede ser tan importante como comprender lo que pensamos.

Después de tantos años resolviendo problemas técnicos, descubrí que algunos de los problemas más complicados no tenían manual de instrucciones. Y, para mi desgracia, tampoco se solucionaban reiniciando.

Y también comprendí que reconocer nuestras carencias no significa renunciar a quienes somos, sino descubrir aspectos de nosotros mismos que todavía podemos aprender a desarrollar.

Ingeniería Estoica es, en cierto modo, una extensión de esa forma de pensar.

Un proyecto que me está permitiendo descubrir una faceta de mí que desconocía y, al mismo tiempo, seguir aprendiendo sobre la persona que soy y la que quiero llegar a ser.

Y después de todas las reflexiones que han dado forma a esta obra, hay una idea que cada vez cobra más fuerza para mí:

Creo que el primer paso para encontrar la felicidad es empezar por estar en paz con uno mismo.

No significa que todo vaya a salir bien, que nunca vayamos a equivocarnos o que podamos evitar las dificultades. Significa aprender a convivir con nuestras decisiones, reconocer nuestros errores, aceptar aquello que no podemos controlar y seguir intentando mejorar sin estar permanentemente en guerra con nosotros mismos.

Y si algo de lo que he aprendido puede servirle a otra persona para detenerse, reflexionar o mirar su vida desde una perspectiva diferente, todo este esfuerzo habrá merecido la pena.